INMOVILISMO Y DIÁLOGO

Legina PSEn noviembre del año 2000 Ernest Lluch fue asesinado por el Comando Barcelona de ETA cuando el ex ministro salía de su coche en el aparcamiento correspondiente a su piso en la ciudad condal. El día 23 de aquel mes se celebró en aquella ciudad una manifestación de repulsa por el asesinato. La periodista Gemma Nierga cerró el acto con unas palabras que fueron muy aplaudidas y que Arcadi Espada nos ha recordado hace unos días:

“Estoy convencida que Ernest,  hasta con la persona que le mató hubiera intentado dialogar. Ustedes que pueden, dialoguen por favor”.

Aquella absurda exigencia de diálogo (¿cómo se puede dialogar con alguien que te apunta a la cabeza con una pistola?) se dirigía, especialmente, a quien entonces era Presidente del Gobierno, José María Aznar. Así lo subrayó poco después Pascual Maragall: “El presidente [Aznar] se ha tenido que dar cuenta de cuál es el sentimiento de la gente”.

Unos años antes, a finales de marzo de 1998, tras el terrible asesinato de Miguel Ángel Blanco, 145 “intelectuales” (artistas, jueces, profesores, 

periodistas: Máximo, Sádaba, Goytisolo, Labordeta, Sampedro, Carmena…) hicieron público un manifiesto titulado “Por una salida dialogada al conflicto vasco”. Veamos en extenso algunos párrafos significativos de aquel documento (los subrayados son míos):

“En el Estado Español, tras veinte años de democracia se sigue manteniendo una situación de conflicto que genera sufrimiento y dolor sin que has­ta el momento las estrategias empleadas hayan contribuido al objetivo de conseguir la paz. Dicho conflicto es pre­dominantemente político y procede de atrás, sin que desde la Transición haya existido un consenso suficiente que po­sibilitara una salida dialogada […] Las soluciones estrictamente policiales que han estado y están en vigor como única vía de pacificación desde hace más de 30 años y que se exaltan y refuerzan hoy con empecinamiento, proporcionan a los ciudadanos falsas expectativas y ofrecen como resultado un saldo nega­tivo. Dejar en manos de ETA, esperando que abandone las acciones violentas, el comienzo del diálogo, supone retrasar el inicio de un proceso de paz demandado con insistencia. […]  como ciudadanos solicitamos a nuestro Gobierno que asuma sus responsabilidades y busque soluciones que vayan más allá de las estrictamente policiales, apostando, con independencia de lo que hagan los demás, por la vía del diálogo y la negociación sin condiciones. No queremos más años de sufrimiento, ni más muertos, ni medios represivos, ni vencedores y vencidos.

Como el lector puede comprobar, acusar al Gobierno de “inmovilista” tiene en España larga data. ¿Y cuál es la receta para salir del inmovilismo? A la vista está: la rendición pactada con el enemigo. Eso sí, después de “dialogar”. La receta no es, precisamente, valiente, ni siquiera es digna, pero a los estetas les encantan esos enjuagues. Ya se sabe: dos discutían sobre si 4 más 4 eran 8, como uno de ellos decía, mientras que el otro sostenía que la suma daba como resultado 10. Llegó un tercero, amante de la paz, la concordia y el diálogo, y sentenció que el resultado correcto era 9.

A mi juicio, este estúpido documento de 1998 –y a la vista de lo sucedido después- debería haber servido para cerrarles la boca y el tintero a los “abajo firmantes”. Aunque en su descargo hay que decir que desde antiguo se sabe que los autodenominados “intelectuales”, en sus análisis políticos y, en general, sociales, fallan más que una escopeta de feria.

Entre la “rebelión” catalana de hoy y la de ETA de entonces hay una diferencia abismal, pues los separatistas catalanes nunca han recurrido a la violencia, pero vistos ambos “procesos” desde el lado de las posibles soluciones, los dos han suscitado en la “otra parte”, es decir, en los bien pensantes, parecidas respuestas “terceristas” o, con más precisión, “equidistantes”. Por un lado, de la firmeza (“inmovilismo” lo llaman los “terceristas”) y por el otro de quienes se saltan la Ley. En otras palabras, estas propuestas “terceristas” pretenden colocarse a igual distancia de quienes provocan el desastre y de quienes se niegan a bajarse los pantalones ante la sedición. Por eso la literatura de las terceras vías se repite: “El conflicto es político”. “Debe buscarse el consenso para salir dialogando del conflicto”, “Las soluciones policiales (en el primer caso), legales (en el catalán) proporcionan a los ciudadanos falsas expectativas”. “Pedimos al Gobierno que busque soluciones políticas”. “Negociación sin condiciones previas”, etc., etc.

Cuando oigo hablar de soluciones “políticas” a contenciosos como el que ahora plantean los separatistas catalanes, sé que quien hace la propuesta no está pensando en hacer política sino en hacer una chapuza, que son cosas muy distintas.

Pues bien, quien se salta la ley no puede esperar otra cosa que el castigo correspondiente, pues se ha de entender -de una vez por todas- que derribar el imperio de la Ley nos lleva en derechura hacia la barbarie, que es el reino del más fuerte, es decir, de quien tiene más armas o es el más demagogo. Son los separatistas quienes no dejan margen a terceras vías ni negociaciones.

El panorama político y civil que hoy ofrece Cataluña lo describe mejor que cualquier otra cosa un presidente como Artur Mas, mendigando los votos de una candidatura como es la CUP, que con sólo el 8,2% de los votos emitidos tiene de rodillas a este personaje tan indigno como destructor. Una persona que ha hecho de su partido, CDC, un ente menguante, de suerte que quienes otrora representaron a la burguesía del seny han pasado a no representar nada salvo una rauxa desnortada.

Parecería que el tiempo no ha pasado y que volvemos, por un lado, a la “Rosa de fuego”, es decir, a aquella Barcelona de los años veinte, y , por otro, a la Cataluña destrozada por sus propios hijos que evocó con amargura Manuel Azaña en “La velada de Benicarló” (“una Generalidad que funciona insurreccionada contra el gobierno de la República”). Los progres españoles harían bien en repasar la Historia reciente de España; así no olvidarían que el envite separatista de aquel tiempo republicano no era tanto contra España sino contra su Estado.

Agustí Calvet, que firmaba sus escritos como Gaziel, ya lo dejó escrito tras la asonada separatista de 1934:

No busquemos ninguna explicación absurda a nuestro infortunio, ya que la única y principal es muy clara. Los culpables de cuanto le ocurre a Cataluña somos los catalanes. Los partidos que nos representaron y nosotros que les indujimos a que lo hiciesen tan mal. Y eso es todo. Si sirve de lección para el futuro, venga el dolor, que será enseñanza.

Creo que existe hoy, como en 1934, una mayoría social y política española que no está dispuesta a que desde la insurgencia se quiebre la integridad del Estado.

Joaquín Leguina