CICERÓN Y MAQUIAVELO. VIDAS PARALELAS (1)

Sin noArtículo de colaboración de Joaquín Leguina

Intentaré en lo que sigue describir, en una humilde emulación de “vidas paralelas”, algunas de las actitudes e ideas de Cicerón y de Maquiavelo referidas a la virtud que ha de adornar al Príncipe. Por otro lado, es evidente que ambos, Cicerón y Maquiavelo, eran intelectuales y, políticamente, fueron –como tantos intelectuales- dos perdedores. Ambos vivieron épocas de crisis, “cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”, y los dos intentaron racionalizar esa realidad, cuyo dominio y control se les escapaban.

 CICERÓN

En el año 56 (a. de C.), las rivalidades latentes entre César y Pompeyo aconsejaron una reunión en Lucca donde, junto con Craso, los triunviros establecieron, según las directivas ideadas por César, las líneas de acción para los años siguientes. La noticia de este acuerdo debió de preocupar muy seriamente a Cicerón al ver que tres personas, mediante un acuerdo privado, tomaban decisiones que eran competencia tradicional del Senado romano.

El equilibrio así iniciado quedó roto en el año 53 (a. de C.) al morir Craso en la batalla de Carras contra los Partos. La enemistad latente entre Pompeyo y César se hizo manifiesta a partir de esa muerte. Fue por esas fechas cuando Cicerón se retiró a sus posesiones de Cumas y allí escribió su tratado De Re Publica.

El peligro de una dictadura estaba en el ambiente. El Senado nombró Cónsul a Pompeyo, como consecuencia del acuerdo entre los senadores, convirtiendo a éste en gobernante único. La república, y con ella los equilibrios de poderes que glosa Cicerón en su tratado, estaba herida de muerte y el compromiso con Pompeyo, compromiso que Cicerón apoyó, no hizo sino debilitar a los defensores del modelo republicano.

César abandonó su provincia, las Galias, pasando el río Rubicón el año 49 (a. de C.) e inició la guerra contra Pompeyo. Éste y sus partidarios se retiraron a Grecia, dejando a César expedita la entrada en Roma. César atacó a Pompeyo, primero en España, destruyendo su ejército en la batalla de Lérida, y luego en Grecia, derrotándolo en la batalla de Farsalia (año 48 a. de C.).

Tras ocupar Egipto, adonde había huido Pompeyo y donde fue asesinado, César regresó a Roma, pero aún tuvo que arriesgarse en dos nuevas campañas contra los republicanos y contra los hijos de Pompeyo, a quienes derrotó, respectivamente, en África (batalla de Thapsus en el año 46 a. de C.) y en España (batalla de Munda en el año 45 a. de C.).

Republicanos “tradicionales”, partidarios de Pompeyo, y algunos senadores disgustados por las reformas se conjuraron y apuñalaron a César en el Senado, precisamente bajo la estatua de Pompeyo (año 44 a. de C.). La crisis constitucional que se había abierto no acabaría hasta el año 29 (a. de C.), cuando Octavio regresó a Roma tras vencer a Marco Antonio en Actium.

Cicerón, nacido en Arpino (106 a. de C.) y muerto en Formias (43 a. de C.), escribió De Re Publica entre los años 54 y 51 (a. de C.). En el año 51, uno de sus amigos escribió a Cicerón: “Tus ideas sobre política gustan a todos”. Queda claro, por tanto, que en ese año el texto era ya público.

La obra, aún siendo en buena parte una repetición de lo ya escrito por Polibio y otros teóricos entonces vigentes, pretende hacer una propuesta política aplicable a la crisis que se estaba viviendo, apoyándose en la filosofía griega. De Re Publica está escrita en forma dramática, diálogos que el autor sitúa durante las fiestas latinas del año 129 (a. de C.) en el jardín de Publio Cornelio Escipión (nieto de Escipión el Africano). El diálogo, imaginario, que Cicerón coloca en el tiempo setenta y cinco años antes del momento en que él lo escribe, concita a nueve personajes históricos: cónsules, escritores, juristas y filósofos. La obra está dividida en seis partes o libros, cada par de ellos dedicado a uno de los tres días que dura la reunión.

En el Libro I Cicerón defiende la participación en la vida pública frente a los epicúreos, contrarios a esa participación. El personaje de Escipión explica y pasa revista a las tres formas de gobierno: monarquía, aristocracia y democracia, considerando que la mejor fórmula es una constitución mixta, compuesta por las tres. En el Libro II se expone la historia de la constitución romana, llegándose a la conclusión de que Roma había alcanzado el mejor sistema, precisamente por ser mixto. Los cónsules equivalían al monarca, el senado a la aristocracia y el pueblo disponía de libertad. El Libro III habla de la justicia, concluyendo que ella es la única fuente de la autoridad. “Un estado justo es eterno” llega a afirmar. De los libros IV y V se conservan pocos fragmentos, pero en ellos se inicia la reflexión sobre las necesarias virtudes del gobernante. El libro VI continúa con la misma temática, terminando con el conocido sueño de Escipión, a quien se le aparece su abuelo. El vencedor de Aníbal le dice a su nieto: “Quienes han preservado, ayudado y agrandado su patria tienen un lugar especial en los cielos, donde gozarán de una eterna vida de felicidad”.

Cicerón, colocado entre dos corrientes enfrentadas, la de la tradición republicana y la que representan los grandes caudillos emergentes, intenta nadar entre dos aguas. Él mismo, gran orador senatorial y amante del modelo heredado, es sensible a los defectos que arrastra la república a causa de los enfrentamientos entre caudillos y, en el fondo, pretende cohonestar razones y sentimientos de imposible síntesis. Es por ello por lo que no recurre tanto al derecho, sino a la buena voluntad, a las virtudes que ha de tener el princeps. Un pater familias que procure a sus ciudadanos el bienestar (rector et gobernator civitatis est cuasi tutor et procurator rei publicae) y la educación. Educación que, él mismo, el príncipe, debe tener en grado de excelencia.

El sistema republicano en Roma, el equilibrio de poderes que lo definía, se vio cuestionado en esa época por la aparición de unos caudillos dotados, no sólo de una potente personalidad pública, también de unas capacidades sobresalientes en el campo de la milicia. Julio César, por ejemplo, es considerado por los expertos militares de hoy como uno de los mejores estrategas que hayan existido en la historia de la humanidad. Lo que, en términos weberianos, llamaríamos hoy hiper-liderazgo no podía sino chocar, primero, y derribar, después, el sistema republicano. Cicerón, sin duda, vivió en sus carnes el inexorable paso que estaba dando la política romana. Partidario del sistema republicano tradicional, en el que había vivido y prosperado hasta llegar a ser probablemente el mejor orador senatorial de la historia de Roma, Cicerón no podía sino delatar en sus escritos la contradicción interior en la que él mismo se debatía al contemplar la crisis. Crisis abierta durante la cual redacta el tratado que aquí se comenta, cuando “lo viejo (la república) no acaba de morir y lo nuevo (el principado, el imperio) no acaba de nacer”. Atraído por la arrolladora personalidad de los caudillos, primero Pompeyo y, luego, César, a quien dedicó encendidos elogios tras la batalla de Farsalia, sabiéndose residuo de un mundo político a punto de desaparecer, Cicerón echa mano de los clásicos griegos, también de pensadores contemporáneos suyos a fin de señalar las virtudes que habían de adornar al nuevo princeps para que éste no se convirtiera en un tirano. Por eso late en De Re Publica, junto a la idealización del pasado, un proceso de racionalización del previsible futuro. Racionalización de lo inevitable. Racionalización que, en gran medida, va a ser utilizada para justificar el poder personal, el nuevo sistema político que inaugurará Octavio, al fin triunfante, el príncipe convertido ya en César Augusto.

Empero, sería un abuso tachar a Cicerón de simple adulador del poder emergente. Sus catorce discursos contra Marco Antonio -llamados filípicas en recuerdo de las oraciones que pronunció Demóstenes contra Filipo, el padre de Alejandro- le costaron la vida cuando Marco Antonio, Lépido y Octavio constituyeron el segundo triunvirato en el año 43 (a. de C.). Cicerón tenía 63 años cuando murió.

Aunque el modelo de Gobierno que inauguró más tarde Octavio Augusto no pueda decirse que sea la expresión exacta de las ideas expuestas por Cicerón, éstas influyeron y, lo que es más significativo, justificaron ese tipo de gobierno. Tras sus victorias militares, Octavio sedujo al ejército con recompensas, al pueblo con repartos de alimentos y a todos con la paz alcanzada y se fue elevando, concentrando de hecho sobre sí las competencias del Senado, de las magistraturas, de las leyes, sin que nadie se le opusiera. En el año 40 (a. de C.) se le atribuyó por primera vez el título de Imperator. Tras la batalla de Actium, fue nombrado por primera vez cónsul, el año. 29 (a. de C.) Princeps senatus, el año 27 (a. de C.) Augustus, y, finalmente, el año 12 (d. de C.) Pontificex.

Augusto nunca quiso definir el tipo de gobierno creado por él, pero al final de su vida, en las Res Gestae, que escribió personalmente, dejó las trazas de su pensamiento. Un documento escrito sobre placas de bronce destinado a su propio mausoleo. La obra es, sin duda, un escrito propagandístico dedicado a ensalzar su propia figura histórica, pero sus escritos también pueden ser interpretados como un programa político.

Según las Res Gestae, el poder le es dado a Augusto por la Auctoritas, lo que le permitió estar por encima de las instituciones, llámese Senado, cónsules o pueblo. La Auctoritas no se decide, no se vota, simplemente se da. Esta Auctoritas se le concede por ser princeps. Octavio-Augusto, que mantuvo la institución del Senado, conservó sobre éste su Auctoritas en tanto que princeps. Por eso el sistema se llamó principado y no imperio, pues el imperium era palabra reservada para el mando militar.

La influencia de las ideas que Cicerón había expuesto en De Re Publica es evidente en Augusto y, aunque éste mantuvo todavía en pie al Senado, sus sucesores, en una deriva tan imparable como lógica, basándose en esas ideas (más morales que jurídicas) de Cicerón, llegaron bien pronto a poner en peligro la libertas, es decir, que implantaron la tiranía, aquélla que pretendía evitar Cicerón.

Calígula, Nerón y Domiciano, durante el siglo I (d. de C.), serán la expresión acabada de esa desviación. El poeta Marcial llegó a llamardeus a Domiciano, que gobernó entre el año 81 y el 96 (d. de C.) y otro poeta, Estacio, propuso llamarlo Cosmocrator, aquel que domina incluso sobre la naturaleza: “Júpiter le ha otorgado sus poderes en la tierra”.

Los tres emperadores citados: Calígula, Nerón y Domiciano se convirtieron en claros ejemplos de lo acertada que estaba la teoría griega de la anakyklosis, según la cual una monarquía sin controles se convierte en tiranía con todos los excesos inherentes.

Años más tarde, Nerva, Trajano y otros gobernantes romanos recuperarían, en parte, el equilibrio republicano originario, pero pasarían muchos siglos antes de que “la división de poderes” fuera reivindicada, primero por los intelectuales “ilustrados” y luego por los constitucionalistas norteamericanos (Declaración de Virginia) y franceses (Declaración de derechos del Hombre).

Hay en la posición de los constitucionalistas modernos un sano pesimismo antropológico, una desconfianza en la condición humana (que ya está en Maquiavelo) y una fe en el derechos, en las leyes, y en el sistema de equilibrio de poderes. Que unos poderes se contrabalanceen con otros, de suerte que ninguno, sea cual sea el liderazgo que es capaz de ejercer la persona que temporalmente lo ocupe, aplaste o minimice al resto de los poderes del Estado. Por otro lado, a esa separación de poderes dentro del Estado se une una prohibición expresa de intervención del Estado en la sociedad civil más allá de lo estrictamente tasado por las leyes. Estando éstas, las leyes, limitadas, también, por las normas constitucionales que incluyen los derechos básicos de las personas, los derechos individuales que ninguna ley puede eliminar o reducir.